ansiedad

“Me siento desbordado”

 

(*Modifiqué algunos datos para mantener el anonimato del paciente)

Caso real de paciente al que le dí el alta luego de 5 meses de tratamiento. Todo el proceso con el paciente lo hicimos en línea, pues por motivos de tiempo el prefería no desplazarse.

El paciente J. de 32 años, profesional y su hogar conformado por su pareja y 2 hijos. Me consulta porque dice que desde hace un tiempo se siente desbordado por sus problemas en el trabajo y en la familia. Tiene síntomas de ansiedad como ser preocupaciones excesiva y agitación y una presión fuerte en el pecho con ahogo que le preocupa. Inmediatamente le indico que se haga chequeos médicos para descartar cualquier otra patología, a la vez que comenzamos con ejercicios de autorregulación del estrés.  En esta primer fase del tratamiento busco el objetivo de que el paciente pueda reducir su nivel de estrés para que su vida cotidiana no esté tan afectada y podamos continuar con las siguientes fases de la terapia.

Una vez logrado cierto nivel de estabilidad, comencé a indagar con profundidad su problema y haciendo preguntas claves, el paciente expresa con convicción: “no puedo con todo” y “por más que hago el esfuerzo por dar lo mejor siento que no soy valorado…siempre algo está mal…nunca es suficiente”. Ese pensamiento lo lleva a sentirse siempre completamente desbordado, porque tanto en su casa como en el trabajo e incluso con su familia de origen, para ser valorado tiene que hacer mucho esfuerzo y ese esfuerzo nunca termina por ser suficiente.

Aquí veo 2 cosas muy importantes. Por un lado ese círculo en el que repite una y otra vez un comportamiento con el fin de “sentirse valorado” , pero como nunca obtiene el reconocimiento necesario, lo lleva a esforzarse más y más, con el resultado de un desgaste tremendo a nivel mental, emocional y físico. Hablando más claro el paciente hace algo con el fin de obtener valor de otra persona y no de sí mismo. Y la realidad es que las demás personas no tienen porqué estar valorando continuamente nuestros esfuerzos ni tampoco es sano que nuestro ánimo o actitud dependan del valor que otros nos den.

Y lo otro y más importante aún es: ¿de donde viene esa necesidad de sentirse valorado? , ¿porqué una persona puede depender anímicamente del valor que otro le dé?. En el caso de J. comenzamos esa búsqueda del origen, que nos lleva a los aprendizajes más tempranos: “sentí que con mis padres siempre tenía que hacer algo para que me den bola”. Recuerda que en su infancia, sus padres peleaban, discutían mucho y que sus necesidades estaban en un segundo plano. Y recuerda el momento en que decidieron separarse con mucha angustia, en donde él no pudo llorar ni decir nada porque toda la atención fue dirigida hacia su hermano menor: “yo no existía…pensaba nadie se fija en mí?…como yo era un poco más grande se suponía que las cosas no me afectaban, pero no era así, me tragué ese dolor toda la vida”. En el preciso momento que relataba ese suceso, sintió nuevamente el dolor en el pecho y una sensación de ahogo.

El cerebro se encarga siempre de almacenar en nuestras redes neuronales las situaciones traumáticas en un conjunto de imágenes, creencias, emociones y sensaciones. En el caso de J. todo este conjunto se manifestó muy claramente: la imágen de sus padres anunciando la separación, el miedo y tristeza que generaban angustia, la sensación en el pecho y el ahogo y la creencia negativa de sí mismo: “No existo”, “Nadie se fija en mí”.

Una vez que logré conceptualizar el caso, comenzamos con la siguiente fase del tratamiento consistente en reprocesar los eventos perturbadores de su historia de vida, no solamente a nivel familiar, sino también en otros ámbitos en los que el sentía nuevamente esa creencia negativa de si mismo, esa idea de no existir para los demás y que abarcaban su tránsito por la secundaria, su carrera profesional y sobre todo la relación con su pareja.

Actualmente J. no experimenta síntomas en relación a este tema y lleva una vida mucho más satisfactoria y con una carga de estrés mínima que le permite disfrutar de su familia, trabajar sin presión, además de haber reconciliado la relación con sus padres.